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Letra Nueva

Crónica mental.

Crónica mental.

Me he pasado 100 horas sin tener acceso a ningún equipo eléctrico y por tanto no he escrito nada en ese tiempo. Es una desgracia que llevo conmigo: sin no es en una computadora no escribo nada. Me he convertido en un completo dependiente de la PC para escribir. Pero no para pensar. En todo ese tiempo he pensado mucho en los huracanes, la lluvia, las vueltas de la vida y en muchas cosas, pero siempre termino pensando en ti.   Pensé muchísimas veces en escribir algo sobre ti, pero no pasé de construir una composición mental. Me imaginaba los párrafos y las metáforas que pondría. Los guardaba y los repetía en mi interior. Puede que te sientas orgullosa de que solo pensé en ti, pero no es así, pensé en muchas mujeres; en mi madre y en una lista innumerable de muchachas hermosas como tú, que he conocido y deseado. Pero casi siempre las comparaba contigo y salían perdiendo.  Cada vez que leo algún escrito sobre un tema amoroso me parece cursi porque escribir de amor es muy difícil sin expresar estupideces. Pero en realidad el amor  es así, estúpido y cursi. Cuando estamos enamorados hacemos cosas tontas y nos reímos de nimiedades, pero es porque el mundo nos importa un comino en comparación con la persona amada.   Pocas veces me he sentido así, creo que una vez estuve enamorado. Fue mi amor de preuniversitario, fue una cosa pura y sentida. Ahora espero encontrar otra ilusión como esa, pero para no dejarla partir, o en todo caso, partir junto con ella y recorrer juntos el azaroso camino de la vida. Ahora me doy cuenta de que lo que se lee en los libros de amor es casi siempre mentira; estamos en el mundo para pasar trabajo, para desear las cosas que no podemos tener, para amar a quien no debemos y para lastimar a quien nos ama.  La vida en rosa como la pintan los libros es solo una idea de cómo sería una vida perfecta, pero esa perfección no existe, es un ideal a seguir. Pero nos da ánimo para luchar por ese ideal.

Nada

Nada

Nada es tan decepcionante como no tener Nada que hacer, Nada en que pensar y Nada que amar. Esa falta de propósito, de ganas, de ideas, es como una muerte en vida. Ese es el momento en que nos aferramos a esa cárcel de tiempo llamada reloj para ver morir las horas, como si esperáramos Algo. Cuando la Nada te vence en combate en las tierras del Aburrimiento es cuando te vuelves un Inútil. No tienes Nada por que luchar, Nada que defender y Nada por que morir.Esa Nada que me venció, temporalmente, es todo lo contrario a un Propósito. Cuando tienes algo en que pensar, algo que amar, ideas, ganas, algo por que luchar y morir estás teniendo, de una forma u otro, un Propósito en la Vida. Creo que ya vencí a la Nada. Desde el momento en que empecé a escribir sobre ella ya tengo una idea que me guía, un Propósito.Mucho antes que yo, personas más idealistas y más ordenadas a la hora de exponer sus pensamientos teorizaron acerca de la Nada. Para ellos era la ausencia de Todo y lo hicieron equivalente al cero matemático. Para esto tuvieron que llegar a un pensamiento abstracto superior. Creo que yo solo me quedo en la verborrea seudofilosófica y le dejo la verdadera filosofía de la Vida a una serie de estudiosos que hoy son solo nombres en papeles ajados y bustos en algunas aulas de Historia.

El dedo en la llaga.

El dedo en la llaga.

Hace unos días me trataron de convencer para que escribiera en una sección llamada “El dedo en la llaga”, de una publicación estudiantil. ¿Creen que acepté?, pues no. Creo que si lo hago corro el riesgo de perder el dedo antes de ponerlo en la llaga. 

Después puede que lamente haber fracasado. Claro que es mejor intentarlo antes de lamentarme, aunque esta vez sea expuesto a que me condenen a la hoguera del silencio editorial si escribo algo que no le guste a los “círculos de poder”.  

 Otras veces he intentado algo parecido y he escrito comentarios sobre temas candentes, pero tantas veces como lo he intentado he chocado contra una barrera casi infranqueable para los que se dedican al arte de la palabra; editores incomprensibles e ignorantes sobre la materia en cargo de dirección.  

Cierta vez dije que criticar era un tabú y no me permitieron publicar mi trabajo a menos que quitara los dos párrafos donde estaba esta frase y otras por estilo. Me censuraron y entonces digo ¿es o no es un tabú criticar? Si no es tabú ¿entonces porqué no permiten publicarlo? 

En otros tiempos, digamos hace 90 años o un siglo, los periodistas que escribían columnas de críticas o comentarios tenían que estar preparados para responderle a los “ofendidos” de la manera más fuerte. En la capital algunos periodistas tenían la dicha (desgracia) de responder a los retos de los ofendidos en el Capitolio. Allí existía una sala donde estaban permitidos los duelos entre los políticos, que eran  los más ofendidos con la letra impresa, y algunos profesionales de la pluma. En esa época era usual también que los grandes periódicos tuvieran una escuela de esgrima para sus periodistas. Ahora las armas han cambiado, al igual que los ofendidos. Antes eran políticos ofendidos armados de pistolas y espadas, ahora son burócratas escudados tras muchos papeles o el simple buró, símbolo de dogmatismo. 

Como estamos en un nuevo siglo, en la era del Homo Digitalis, los métodos han cambiado, he encontrado otras soluciones; nunca se le debe acorralar a una persona medianamente inteligente, porque buscará salidas insospechadas. Ahora he tomado en mi auxilio a las nuevas tecnologías; cada vez que escribo un comentario me valgo de las listas de correo y mando mis trabajos para toda mi Facultad. He comprobado que al poco tiempo ya circulan a nivel universitario. Ese es mi objetivo, que me lea la masa, ya sea en el burdo papel, impreso en con una fotocopiadora gracias a la caridad de alguien, o en formato digital. 

Es cierto que una columna de comentarios de actualidad y de intercambio con los lectores proporciona la plena realización a muchos periodistas, pero también muchos dolores de cabeza. Siempre abundan los directivos a los que no les gusta lo que escribiste porque fuiste muy fuerte con ellos o los que simplemente no concuerdan con la construcción gramatical que empleaste. Es cierto que el periodista debe ser imparcial, pero es muy difícil estar en medio de una disputa entre Dios y el Diablo. 

Quizás me digan que no son tiempo de estar pasivo ante lo mal hecho. Es cierto, pero creo que todavía las personas no son tan educadas como aceptar una crítica sin levantar marejadas de justificaciones, en el mejor de los casos, porque en otros son simples y directas ofensas y cuestionamientos. 

Creo que por ahora no me decido a poner el dedo en la llaga. Dejaré que otro lo haga y se lleve las glorias o las penas, aunque le auguro muchas penas y pocas glorias; estás últimas estarán empañadas por las penas anteriores, que serán mayores y más dolorosas. 

Es mejor que la llaga se cure con sus propios anticuerpos o que sea otro el que trate de curarla en vano. Es de valientes y locos luchar contra molinos de incomprensión, pero también es cierto que es de necios tratar de derribar un muro ignorancia a cabezazos, y más cuando este muro tiene cimientos tan sólidos.  

Leidbas y los Ojos del Tiempo

Leidbas y los Ojos del Tiempo

Hace ya demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos. Tu rostro ya no tiene forma sino que es parte de un conjunto de sensaciones casi olvidadas y por siempre añoradas.   

Antes de conocerte sólo había conocido a las de tu género como compañeras de aventuras y muy pocas veces, contadas diría, como amantes. A la que más recuerdo es a la Hechicera de la Ciudad Maldita. Como todas sus coterráneas llevaba la lujuria y los malos pensamientos en su sangre, mejor dicho, eran su razón de ser.   

Durante los escasos 300 años que pasamos juntos, los simples humanos dejaron de llamarme Leidbas, el Mago Azul; para ellos era, simplemente, Leidbas el Oscuro. Desde que te conocí dejé de atormentar a los humanos con mis acciones y mis pasos nunca más tuvieron el rumbo de la Ciudad Maldita.  

Cuando llegué a aquella ciudad vestido como un peregrino y te vi cantando y riendo con las de tu sexo en la plaza del pueblo pensé: ¿Quién tuviera la dicha de vivir, aunque sólo sea el poco tiempo que viven los humanos, al lado de una joven como esa?. Cuando miraste hacia el comercio donde me guarecía de sol y nuestros ojos se enfrentaron, supe que algo no estaba bien. La historia de nuestras vidas no siempre estaría en las mismas páginas del Gran Libro del Tiempo.  

Desde ese día comencé a ayudar a ese pueblo; unas veces era la lluvia que regaba sus campos y tú eras el viento que se llevaba las nubes de langostas que arruinaban sus cosechas. Otras veces aparecía bajo mi verdadera forma y curaba algún enfermo grave y tú los alimentabas a todos. Durante algo más de mil años cuidamos de ese pueblo y nos cuidamos el uno al otro, porque sabíamos que los hilos de nuestras vidas algún día se separarían. En ese tiempo, y gracias a nuestra ayuda, surgió la leyenda. Los humanos que vivían en ese valle alejados de las Montañas Blancas decían que eran el Pueblo Elegido y esa, su tierra, era la Tierra Prometida. Para ellos tú eras el Espíritu Santo y yo el Ángel de la Guardia.  

Pero llegó el día en que mis pasos dejaron de ser paralelos a los tuyos y nuestros caminos comunes se convirtieron en simples recuerdos. Desde ese momento he caminado sin mirar atrás, igual que tú, y nunca más nuestros ojos se han encontrado en una mirada. Sólo un día, por casualidad, escuché tu voz; me dijeron: ese es el eco de su canto, pero salió de aquí hace mucho tiempo.   Hace unos dos mil años, cuando dejé de verte y ayudar a ese pueblo, mi nombre no se pronuncia de la misma forma. Dicen que sembré la discordia entre el Pueblo Elegido y sus vecinos. Ahora vivo aislado, aunque de vez en cuando viva algunas décadas en un pueblo fijo y comparta mi lecho con alguna deidad inferior.  

Cada vez que hago algo en beneficio de los humanos enseguida dicen: ¡Oh! ¡Un milagro! ¡Volvió el Señor!. Pero cada cierto tiempo también castigo algún pueblo y entonces se lamentan: ¿Por qué? ¿Por qué a nosotros?. No se dan cuenta de que lo hago por despecho; no me gusta ver  a los humanos felices cuando yo no puedo descansar mi cabeza en tu hombro ni mirar mi reflejo en tus ojos. Por eso de cuando en cuando los castigo y los ayudo.  

Ahora camino de nuevo por el Gran Desierto buscando otro pueblo donde vivir algunos años. Seguiré fijándome en la cara de las jóvenes que bailan  para ver si reconozco tus ojos bajo un disfraz humano. Mis pasos siguen buscando los tuyos mientras mis recuerdos se hacen cada vez más difusos y mi nombre se lee en labios humanos cada vez más esporádicamente. Una cosa sigue viva en mi mente aunque tu rostro se borre; los mil años que vivimos juntos. Ojalá que nuestros nombres coincidan de nuevo en las mismas páginas del Gran Libro del Tiempo.  

He llegado por fin a una ciudad sencilla, donde invitan sin miedo a los peregrinos a coger un respiro bajo un toldo y le brindan alguna bebida refrescante en el mismo vaso donde calma la sed  la hija del dueño del comercio.   

Ella corre y baila en la plaza del mercado con otras chicas y por un momento dirige su mirada hacia donde descanso. Como un relámpago que rompe el silencio de la noche, así mismo me sobresaltó tu mirada. ¿Serán los mismos ojos?. No lo sé pero desde ya pienso vivir muchos años en este pueblo. Dentro de algunos milenios escribiré de nuevo mis ideas; eso si mi nombre no es borrado antes del Gran Libro del Tiempo. Por ahora seguiré buscando tus ojos por aquí.

El Hombrecito

El Hombrecito

Alejandro de Armas es fanático a la Historia. Le fascina la figura de Bonaparte, al igual que la de Hitler. Le gusta identificarse  con las figuras de estos conquistadores; a veces se compara con ellos por sus grandiosos y abarcadores planes y por su corta estatura. Él era un hombrecito magro, sin atractivos visibles; era medianamente inteligente para casos abstractos pero enormemente estúpido para las cosas más sencillas de la vida diaria. A veces sus compañeros de trabajo para molestarlo le decían Alejandro Magno y entonces su cara tomaba el aspecto de un gnomo de los que salen en las películas. Eso era las veces que se daban cuenta de que él existía porque la mayoría de los días nadie se fijaba en él.Pero las ínfulas de grandezas de Alejandro estaban solo en su mente. Él era un ser insignificante; era un contador invisible de una empresa sin nombre. Cargaba siempre con un maletín enorme, que parecía más grande comparado con sus 155 centímetros de estatura. Allí guardaba sus papeles como si pensara que contenían secretos de Estado. Junto a cientos de nóminas y planillas llevaba a veces unos legajos llenos de una letra apretada y confusa con detalles de la vida de sus ídolos.Una vez se tomó muy en serio su afición por estas dos figuras y se dedicó a estudiarlos a fondo. Al terminar creó un nuevo concepto de Hombrecito, en el que sin darse cuenta se incluía ya que era un vivo reflejo de su vida. Para él el Hombrecito es una persona de poca estatura (menos de 160 centímetros), con muchas ideas de dominación a gran escala, pero al que su mujer domina y engaña. Además el Hombrecito se cree predestinado  a dominarlo todo con su inteligencia, aunque a veces sea tan estúpido como para tomar un líquido sospechoso sabiendo de cientos de advertencias de intentos de envenenamientos.Después Alejandro descubrió que ni siquiera su concepto era original. Otras personas antes que él habían teorizado sobre la pequeñez de los grandes hombres, pero a diferencia de él eran “grandes” escritores de tamaño y de nombre.

La Cuartilla derrotada.

La Cuartilla derrotada.

El terror de los escritores del mundo recorre el planeta: una cuartilla en blanco. Dicen algunos que bajó de los espacios siderales, otros, que escapó de un gran centro poligráfico. Todos los aprendices de Cervantes y Shakespeare y de cuanta lengua culta e inculta haya, corren despavoridos a su paso. Se esconden los escritores aterrados tras libreros, críticas y dedicatorias.
  Casi todos le temen y la declaran pandemia universal y principal depredador de escritores, poetas y periodistas.
   Los vientos azarosos del tiempo la llevan de un continente a otro, hasta que llega aquí, cerca de mi casa. Por el callejón del fondo camina aturdido un hombre, hace poco ha discutido con su amada. No es escritor, ni poeta, ni periodista, ni siquiera es estudiante; es simplemente un mecánico de autos.
  Con la mirada turbia y la cabeza gacha choca con el azote de los letrados del mundo. Bajo unas cejas tupidas se ven unos ojos trasnochados. Frente  a él unas líneas perfectas y un rectángulo blanco, traído hasta aquí no se sabe por que azar de la vida. Sin pensarlo dos veces se abalanza sobre ella y la vence, la domina, la subyuga con un pequeño lápiz y unas manos acostumbradas a dominar el acero. "Amada mía: He perdido el norte que me guiaba por este mundo confuso, te he perdido a ti...", el resto aparece sobre la cuartilla de forma espontánea, mágica. Apresurado guarda el lápiz, redentor de escritores, y corre a donde está sentada la amada.
   Cuando llega, las palabras aprisionadas en la cuartilla se convierten en sonidos y salen, claras, transparentes, por su boca. A poco la cuartilla es olvidada y tirada a un lado, derrotada. Un niño pasa por allí y la ve. Sin saber los temores que había causado, ni el amor que había salvado, la coge y en sus manos se convierte en un barquito de papel que navega en una palangana, cual si fuera un mar limitado por bordes de plástico.
   Para asombro de todos los escritores, poetas, periodistas y estudiosos de todas las letras cultas e incultas, La Cuartilla en Blanco, recientemente declarada pandemia universal, fue derrotada por dos personas completamente ajenas a su hermandad, un niño juguetón y un mecánico enamorado.

Ser diferentes es una maldición.

Ser diferentes es una maldición.

Arnold desde su juventud se siente agobiado porque todos sus amigos lo molestan por ser izquierdo. Cuando era un simple cachorro de Dalmata nadie lo molestaba porque orinaba sin levantar una pata, y eso es normal, pero el problema llegó cuando cumplió el año y comenzó a levantar la pata para orinar. Ese fue su error, era tanto el deseo de ser un perro grande y mayor de edad que no se dio cuenta de que era zurdo.   Ser zurdo en una sociedad perruna elitista es un signo de inferioridad. Zeus el Doorbeman era muy respetado cuando alzaba su pata derecha y mar marcaba su territorio de trabajo y conquistas femeninas, al igual que Connan el Bulldog. Pero con Arnold era todo lo contrario, incluso Yonny el Salchicha o Loqui el Chihuahua se reían de él cada vez que llegaba a un lugar de reunión canina.   Nadie respetaba a Arnold y el colmo de males llegó cuando los gatos dejaron de temerle. Una cosa es que los de tu especie te discriminen por levantar la pata izquierda para marcar tu territorio y otra, muy diferente, es que los gatos, que siempre han sido animales de tercera categoría después de los humanos, no te respeten. Ese fue el punto culminante en la carrera de Arnold, desde el día que los gatos dejaron de temerle se aisló y llegó a pensar en el suicidio. Tirarse delante de un gusano de hierro, de los que corren por las rayas del suelo, era una muerte rápida, o quizás fuera mejor morder a un humano y coger rabia, para morir lentamente de la infección que provoca morder a un humano.   Después de pensarlo mucho decidió no soportar más las burlas cada vez que levantaba su pata izquierda, y cuando ya iba decidido a morder un humano y morir de rabia, oyó la riza de sus compañeros. Pensó que era por él la riza y caminó un poco más lento. Oyó como se burlaban...” Mira el Pastorsito este, tan grande y todavía tiene que agacharse para mear, jau, jau, jau, jau”   En medio del grupo había un Pastor Alemán recién mudado que para mear tenía que agacharse. A su alrededor estaban Zeus y Connan riendo por el colmillo desde su altura y a su lado estaban Loqui y Yonny. Más alejadas estaban las perritas del barrio que siempre andan a la búsqueda de un hueso nuevo, ellas, las que siempre reían de los chistes de los perros de alcurnia y le enseñaban los dientes a Arnold solo por el hecho de ser zurdo.   Arnold sintió como se divertían con el Pastor igual que lo hicieron con él desde que tenía un año. “Míralo, si es más infeliz que Arnold, aquel por lo menos levanta la pata izquierda y este ni siquiera eso, jau, jau, jau, jau,..”   Después que oyó eso Arnold se quitó de su cabeza peluda la idea de suicidarse, se dio cuenta de que siempre hay alguien peor que uno mismo y también siempre hay perros que tienen poco seso y se dedican a reírse de los que son diferentes a ellos. Total, así somos los perros.

 

Imaginación infantil

Imaginación infantil

Había una vez un niño de madera que se llamaba Pinocho… 

…Pinocho se sienta a hablar con su padre-creador Yepeto y le cuenta cómo le fue el día en la escuela. Por sobre su hombro, escondido en un anaquel, se ve el pequeño sombrero de Pepe Grillo que escucha todo el cuento. Cada vez que Pinocho dice una mentira Pepe Grillo se mueve incómodo en el dedal que usa de asiento…

…entonces el lobo se escondió en la mata que estaba más cerca del camino del bosque y esperó a que pasara por allí Caperucita Roja. Desde unos minutos antes la seguía con la vista pero se mantenía alejado del camino. Lo asustaba un poco el recuerdo del leñador y su hacha tajadora de árboles centenarios. Caperucita caminaba distraída con las flores y los pájaros que llenaban la floresta de colores y música. La Abuelita esperaba en su casa del bosque por la sopa que mandaba su mamá pero la niña ya lo había olvidado. Igual olvidó la advertencia de su madre: “Recuerda, mi niña linda, no cojas por el camino del bosque. Ve a la casa de la Abuela por el otro camino; por allí las flores huelen mejor y las aves son las lindas”. Pero la muchachita inquieta se dio cuenta de que su mamá no decía la verdad. En ese camino todo era colores llamativos y trinos armoniosos, como el del pajarito negro y rojo que está posado en la rama más baja de aquel árbol al borde del camino, justo donde hay una sombra que parece un perro durmiendo…

La Cenicienta corre y corre por las escaleras antes que el hechizo se deshaga. Sin darse cuenta un zapato se le cae en un escalón y queda allí como única prueba de su estancia en la fiesta del Príncipe. Monta en el carruaje de prisa y los ratones-caballos emprenden la marcha presurosos. El Príncipe llega tarde y solo ve la aurora blanca que deja el carruaje a su paso…  

- ¡Pero niña! ¿Qué estás haciendo con esa tijera y los libros que te regalé?

-    Nada mami, estoy escribiendo un cuento.

-    ¡Pero si tú no sabes escribir!

-     No importa mami, yo corto las páginas con las figuras bonitas y las voy pegando aquí…

-    Eso está muy lindo, pero ¿cómo tú sabes que una página se relaciona con la otra?

-    Fácil mami, ¡Con imaginación!

Entonces la madre se queda callada y se sienta junto a la hija a aprender un poco de la imaginación infantil que no creyó encontrar en una niña de cinco años. 

Un poco más arriba de la imaginación de la niña y la madre se ven unos dedos inquietos que se mueven sobre un teclado. En su mente ha visto con agrado el cuento de la pequeña. Una puerta tras él se abre y entra su hija caminando en puntillas de pie.

-     ¡Papi! ¿Te asusté, verdad?

-     ¡ja, ja, ja!, no mi princesa…

-     ¿qué haces, papi?

-     Nada, una historia que se me ocurrió.

-     ¿y ya la terminaste?

-     No, todavía me falta una cosa.

-    Entonces apúrate que dice mami que ya la comida está.

-   Espérate un momento, que ya termino.

 … y la madre y la niña fueron felices y siguieron escribiendo cuentos infantiles. Punto final.