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¿Conocimiento es igual a Poder?

¿Conocimiento es igual a Poder?

A lo largo de la historia el ejercicio del Poder ha comenzado siempre por la capitalización del Conocimiento. Desde la Edad de Piedra los “hombres” que conocían y dominaban el arco y la flecha, como instrumentos de caza y guerra, eran los que ejercían el poder sobre los demás. Más tarde, en la Edad de Bronce y la de Hierro, el dominio de esos metales para la construcción de instrumentos y armas posibilitó una gran brecha entre dominantes y oprimidos.

 

El conocimiento de las técnicas de fundición, la ubicación de recursos naturales indispensables, como el agua para los ejércitos y alimentos para la caballería, y estrategias de combate avanzadas alzó a naciones enteras sobre otras con menos conocimientos o posibilidades de poner en práctica estos.

 

Ya más adelante en la historia del hombre, cuando lograron dominar técnicas de fundición en algunos lugares y en otros alcanzaron avanzados conocimientos astronómicos y matemáticos, ese dominio del conocimiento posibilitó la llegada al poder de gobernantes religiosos y guerreros y de otros que no conocían nada de religión o de la guerra, pero que si podía sojuzgar a los que tenían el conocimiento. Arquímedes es el claro ejemplo de esto, junto a los primero filósofos griegos, que dominaban todas las esferas del saber de su tiempo, pero que respondían la mayoría de las veces a las órdenes de otros.

 

Durante el primer milenio de nuestra era el conocimiento de la escritura, del método de obtención del papel, los conocimientos matemáticos, astronómicos y astrológicos, fisiológicos y químicos, todos bajo el naciente poder la Iglesia y de algunos gobernantes, reunió casi todo el dominio de los hombres del mundo conocido bajo las batas de la Iglesia cristiana y la fe musulmana.

 

En tanto en tierras de América, todavía desconocidas para los europeos, el conocimiento aprehendido por los sacerdotes mayas y aztecas, los ubicaba en la cima del poder, junto a los Emperadores, hasta el momento en que estos se declararon también Sumos Sacerdotes y ocuparon los más altos cargos religiosos y estatales. Solo ellos conocían las fechas exactas para las siembras, de las grandes lluvias, de los solsticios y eclipses. Esto le permitía dominar fácilmente a los millones de “indios” ignorantes de estos conocimientos.   

 

En el Medioevo el conocimiento también significó poder. Aunque a veces los más instruidos osaron oponerse a los que ejercían el poder y terminaron purificados por el fuego; otros, igual de inteligentes, pero más amantes a la vida, renunciaron a sus descubrimientos en aras de mantener los pies sobre la tierra y no la tierra sobre sus cuerpos, como el caso de Galileo Galilei.

 

Más adelante la Revolución Industrial con los telares múltiples y la máquina de vapor posibilitó el desarrollo vertiginoso de algunos países europeos, los que lograron elevar a niveles nunca antes alcanzados la plusvalía y su poderío mundial.  Surgieron así las potencias inglesas, alemanas y otras menos importantes, pero que igualmente basaron su poderío en el dominio del conocimiento científico puesto en función de la industria.

También esos conocimientos sirvieron para que otras naciones lograran la supremacía militar sobre otros, como es el caso de los estudios del matemático italiano Niccolo Fontana, conocido como Trataglia, con su publicación "Nova Scientia": donde describía y analizaba la trayectoria de los proyectiles de cañones y culebrinas, armamentos utilizados por los mercaderes y armadores venecianos.

 

El ejemplo más claro del conocimiento en función de lograr el poder lo merecen los americanos, eternos mercaderes de genios por todo el mundo, quienes casi al finalizar la Segunda Guerra Mundial recibieron en su territorio a cientos de científicos nazis que más tarde trabajaron en su beneficio. Algunos de estos fueron miembros claves del proceso de desintegración del átomo, fundamento para la construcción de la bomba atómica.

 

Más tarde, en los 60 y 70, la incipiente red de computadoras que interconectaban a los científicos de algunas universidades americanas se convirtió en el engendro militar conocido como ARPANET, padre de la Internet actual.

 

De forma general y llevando casi 50 mil años de humanidad a una líneas, es fácil percatarse que el conocimiento significa poder, aunque algunas veces algunos poderosos gobernantes sojuzgan a genios y científicos para utilizar sus descubrimientos en función de aumentar o mantener el poder.

 

Hoy, quienes dominan la tecnología y la ciencia son los que mandan, a pesar de que muchas veces quien tiene el dominio no es el genio o científico que logró el descubrimiento, sino el oportunista que puede someter al hombre de ideas.

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5 años y 4 mil muertos.

5 años y 4 mil muertos.

Hace 5 años y 4 mil muertos que comenzó la invasión (otra vez) a Irak. Cuando digo 4 mil muertos me refiero a los reconocidos, numerados y con nombres, porque hay varias decenas de miles que son anónimos, invisibles, en fin de cuentas, iraquíes. 

Para los medios internacionales los iraquíes solo son “bajas colaterales” o “errores de cálculo”. Nadie se preocupa por contarlos, ni por conocer sus historias y muchos menos su forma de pensar. Tampoco nadie se pone a contar los miles de desplazados, aunque alguien ayer dijo que sumaban ya más de 1 millón de iraquíes que tuvieron que abandonar su país “gracias” a los interventores norteamericanos. 

Tampoco nadie (me refiero a alguien americano) ha pensado en la destrucción cultural provocada. Las tropas norteñas han destruido sin miramientos construcciones y monumentos de más de 3 mil años. Sus armas inteligentes (brutas, diría yo) no distinguen entre casas, escuelas o mezquitas. Para colmo de males esas mismas armas tecnológicamente avanzadas y futuristas, no destruyen blindados iraquíes ni armas de destrucción masivas árabes, por la sencilla razón de que estás no existen. 

 Ahora preparan otra invasión. El “oscuro lugar” del mundo esta vez será Irán. Se le culpa de desarrollar un programa nuclear con fines bélicos, pero en realidad a ellos no le interesa lo que sucede sobre las arenas de Irán, sino esa mancha negra que hay bajo las arenas. El motivo (…el programa nuclear) es un simple y burdo pretexto, como lo fue las armas de destrucción masiva de Irak o Al-Qaeda en Afganistán. 

Nosotros, los cubanos, también estamos viviendo en un “oscuro lugar”. Nuestro país es incluido en la “lista de esos países auspiciadotes del terrorismo”, que deben ser pacificados por la valerosas tropas americanas (es una ironía, se comprende, verdad?) 

Nosotros estamos incluidos por la sencilla razón de que somos eternos herederos de Maceo y el Che, que no soportamos vivir de rodillas, ni que nadie venga de otro país a decirnos qué hacer con nuestra tierra. Estamos incluidos también porque optamos por disentir en el momento en que muchos aceptaron, con los ojos tapados, la bota americana sobre el cuello.

Crónica mental.

Crónica mental. Me he pasado 100 horas sin tener acceso a ningún equipo eléctrico y por tanto no he escrito nada en ese tiempo. Es una desgracia que llevo conmigo: sin no es en una computadora no escribo nada. Me he convertido en un completo dependiente de la PC para escribir. Pero no para pensar. En todo ese tiempo he pensado mucho en los huracanes, la lluvia, las vueltas de la vida y en muchas cosas, pero siempre termino pensando en ti.   Pensé muchísimas veces en escribir algo sobre ti, pero no pasé de construir una composición mental. Me imaginaba los párrafos y las metáforas que pondría. Los guardaba y los repetía en mi interior. Puede que te sientas orgullosa de que solo pensé en ti, pero no es así, pensé en muchas mujeres; en mi madre y en una lista innumerable de muchachas hermosas como tú, que he conocido y deseado. Pero casi siempre las comparaba contigo y salían perdiendo.  Cada vez que leo algún escrito sobre un tema amoroso me parece cursi porque escribir de amor es muy difícil sin expresar estupideces. Pero en realidad el amor  es así, estúpido y cursi. Cuando estamos enamorados hacemos cosas tontas y nos reímos de nimiedades, pero es porque el mundo nos importa un comino en comparación con la persona amada.   Pocas veces me he sentido así, creo que una vez estuve enamorado. Fue mi amor de preuniversitario, fue una cosa pura y sentida. Ahora espero encontrar otra ilusión como esa, pero para no dejarla partir, o en todo caso, partir junto con ella y recorrer juntos el azaroso camino de la vida. Ahora me doy cuenta de que lo que se lee en los libros de amor es casi siempre mentira; estamos en el mundo para pasar trabajo, para desear las cosas que no podemos tener, para amar a quien no debemos y para lastimar a quien nos ama.  La vida en rosa como la pintan los libros es solo una idea de cómo sería una vida perfecta, pero esa perfección no existe, es un ideal a seguir. Pero nos da ánimo para luchar por ese ideal.

Nada

Nada Nada es tan decepcionante como no tener Nada que hacer, Nada en que pensar y Nada que amar. Esa falta de propósito, de ganas, de ideas, es como una muerte en vida. Ese es el momento en que nos aferramos a esa cárcel de tiempo llamada reloj para ver morir las horas, como si esperáramos Algo. Cuando la Nada te vence en combate en las tierras del Aburrimiento es cuando te vuelves un Inútil. No tienes Nada por que luchar, Nada que defender y Nada por que morir.Esa Nada que me venció, temporalmente, es todo lo contrario a un Propósito. Cuando tienes algo en que pensar, algo que amar, ideas, ganas, algo por que luchar y morir estás teniendo, de una forma u otro, un Propósito en la Vida. Creo que ya vencí a la Nada. Desde el momento en que empecé a escribir sobre ella ya tengo una idea que me guía, un Propósito.Mucho antes que yo, personas más idealistas y más ordenadas a la hora de exponer sus pensamientos teorizaron acerca de la Nada. Para ellos era la ausencia de Todo y lo hicieron equivalente al cero matemático. Para esto tuvieron que llegar a un pensamiento abstracto superior. Creo que yo solo me quedo en la verborrea seudofilosófica y le dejo la verdadera filosofía de la Vida a una serie de estudiosos que hoy son solo nombres en papeles ajados y bustos en algunas aulas de Historia.
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El dedo en la llaga.

El dedo en la llaga.

Hace unos días me trataron de convencer para que escribiera en una sección llamada “El dedo en la llaga”, de una publicación estudiantil. ¿Creen que acepté?, pues no. Creo que si lo hago corro el riesgo de perder el dedo antes de ponerlo en la llaga. 

Después puede que lamente haber fracasado. Claro que es mejor intentarlo antes de lamentarme, aunque esta vez sea expuesto a que me condenen a la hoguera del silencio editorial si escribo algo que no le guste a los “círculos de poder”.  

 Otras veces he intentado algo parecido y he escrito comentarios sobre temas candentes, pero tantas veces como lo he intentado he chocado contra una barrera casi infranqueable para los que se dedican al arte de la palabra; editores incomprensibles e ignorantes sobre la materia en cargo de dirección.  

Cierta vez dije que criticar era un tabú y no me permitieron publicar mi trabajo a menos que quitara los dos párrafos donde estaba esta frase y otras por estilo. Me censuraron y entonces digo ¿es o no es un tabú criticar? Si no es tabú ¿entonces porqué no permiten publicarlo? 

En otros tiempos, digamos hace 90 años o un siglo, los periodistas que escribían columnas de críticas o comentarios tenían que estar preparados para responderle a los “ofendidos” de la manera más fuerte. En la capital algunos periodistas tenían la dicha (desgracia) de responder a los retos de los ofendidos en el Capitolio. Allí existía una sala donde estaban permitidos los duelos entre los políticos, que eran  los más ofendidos con la letra impresa, y algunos profesionales de la pluma. En esa época era usual también que los grandes periódicos tuvieran una escuela de esgrima para sus periodistas. Ahora las armas han cambiado, al igual que los ofendidos. Antes eran políticos ofendidos armados de pistolas y espadas, ahora son burócratas escudados tras muchos papeles o el simple buró, símbolo de dogmatismo. 

Como estamos en un nuevo siglo, en la era del Homo Digitalis, los métodos han cambiado, he encontrado otras soluciones; nunca se le debe acorralar a una persona medianamente inteligente, porque buscará salidas insospechadas. Ahora he tomado en mi auxilio a las nuevas tecnologías; cada vez que escribo un comentario me valgo de las listas de correo y mando mis trabajos para toda mi Facultad. He comprobado que al poco tiempo ya circulan a nivel universitario. Ese es mi objetivo, que me lea la masa, ya sea en el burdo papel, impreso en con una fotocopiadora gracias a la caridad de alguien, o en formato digital. 

Es cierto que una columna de comentarios de actualidad y de intercambio con los lectores proporciona la plena realización a muchos periodistas, pero también muchos dolores de cabeza. Siempre abundan los directivos a los que no les gusta lo que escribiste porque fuiste muy fuerte con ellos o los que simplemente no concuerdan con la construcción gramatical que empleaste. Es cierto que el periodista debe ser imparcial, pero es muy difícil estar en medio de una disputa entre Dios y el Diablo. 

Quizás me digan que no son tiempo de estar pasivo ante lo mal hecho. Es cierto, pero creo que todavía las personas no son tan educadas como aceptar una crítica sin levantar marejadas de justificaciones, en el mejor de los casos, porque en otros son simples y directas ofensas y cuestionamientos. 

Creo que por ahora no me decido a poner el dedo en la llaga. Dejaré que otro lo haga y se lleve las glorias o las penas, aunque le auguro muchas penas y pocas glorias; estás últimas estarán empañadas por las penas anteriores, que serán mayores y más dolorosas. 

Es mejor que la llaga se cure con sus propios anticuerpos o que sea otro el que trate de curarla en vano. Es de valientes y locos luchar contra molinos de incomprensión, pero también es cierto que es de necios tratar de derribar un muro ignorancia a cabezazos, y más cuando este muro tiene cimientos tan sólidos.  

El Hombrecito

El Hombrecito Alejandro de Armas es fanático a la Historia. Le fascina la figura de Bonaparte, al igual que la de Hitler. Le gusta identificarse  con las figuras de estos conquistadores; a veces se compara con ellos por sus grandiosos y abarcadores planes y por su corta estatura. Él era un hombrecito magro, sin atractivos visibles; era medianamente inteligente para casos abstractos pero enormemente estúpido para las cosas más sencillas de la vida diaria. A veces sus compañeros de trabajo para molestarlo le decían Alejandro Magno y entonces su cara tomaba el aspecto de un gnomo de los que salen en las películas. Eso era las veces que se daban cuenta de que él existía porque la mayoría de los días nadie se fijaba en él.Pero las ínfulas de grandezas de Alejandro estaban solo en su mente. Él era un ser insignificante; era un contador invisible de una empresa sin nombre. Cargaba siempre con un maletín enorme, que parecía más grande comparado con sus 155 centímetros de estatura. Allí guardaba sus papeles como si pensara que contenían secretos de Estado. Junto a cientos de nóminas y planillas llevaba a veces unos legajos llenos de una letra apretada y confusa con detalles de la vida de sus ídolos.Una vez se tomó muy en serio su afición por estas dos figuras y se dedicó a estudiarlos a fondo. Al terminar creó un nuevo concepto de Hombrecito, en el que sin darse cuenta se incluía ya que era un vivo reflejo de su vida. Para él el Hombrecito es una persona de poca estatura (menos de 160 centímetros), con muchas ideas de dominación a gran escala, pero al que su mujer domina y engaña. Además el Hombrecito se cree predestinado  a dominarlo todo con su inteligencia, aunque a veces sea tan estúpido como para tomar un líquido sospechoso sabiendo de cientos de advertencias de intentos de envenenamientos.Después Alejandro descubrió que ni siquiera su concepto era original. Otras personas antes que él habían teorizado sobre la pequeñez de los grandes hombres, pero a diferencia de él eran “grandes” escritores de tamaño y de nombre.
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