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Letra Nueva

La verdad, una utopía, quizas…

La verdad, una utopía, quizas…

Los soldados lo sometieron a la fuerza. Esposaron sus muñecas y le pusieron una capucha en la cabeza. Solo sintió el último golpe y el tirón.

Cuando le quitaron la capucha estaba en un cuarto sin ventanas y frente a él estaba un oficial vestido de negro, pero sin ninguna insignia. “Necesito que me diga la verdad”, fue lo primero que dijo el oficial. Una y otra vez repitió la misma pregunta, a veces acompañada por golpes.

El prisionero solo se quedó callado y reflexionó sobre cuál sería su respuesta. ¿Cuál verdad le contaría? ¿Qué construía castillos de arena sin importarle el oleaje? ¿Qué una vez intento sembrar una rosa en medio de una avenida? ¿Qué durante mucho tiempo buscó una flor azul? ¿O quizás lo más importante sería que durante mucho tiempo intentó atrapar los colores del atardecer en un lienzo?

Muchas cosas pasaron por su mente en esos momentos. Era posible también que el interrogador quisiera saber acerca de sus luchas revolucionarias, de sus ansias de libertad, los nombres y direcciones de sus amigos revolucionarios. En ese instante se dio cuenta de que había muchas cosas importantes en su vida y casi todas estaban relacionadas. Para él la libertad era una utopía, un sueño por el que luchar, casi igual que mantener un castillo de arena en una playa furiosa.

“Dígame la verdad o no saldrá viva de aquí”, repetía el soldado y reafirmó su exigencia con un golpe a la sien.

El detenido se tambaleó, pero su mirada se iluminó. Decidió contarle toda la verdad.

“Está bien, está bien, contaré toda la verdad”.

“La verdad que ustedes quieren creo que es muy diferente a mi verdad, pero de todas formas se las voy a contar. Por las noches acostumbro a mirar las estrellas y tratar de formar figuras uniendo los puntitos luminosos. Por las mañanas me levanto a respirar el aire del amanecer, que es más puro. Me detengo en los parques a hablar con los niños de cosas triviales y me gusta ver pasar el agua por debajo de los puentes. Pero seguro esa no es la verdad que ustedes quieren, eh?”

Golpes, sangre y más golpes son la respuesta a las palabras del prisionero. Al parecer esa verdad le dolía más a sus captores que las direcciones y los nombres de los colaboradores, que en esos momentos se sentían seguros de que nadie los delataría. Ellos también tenían un alto concepto de la verdad, tan alto como el de la libertad.

Al final el prisionero murió. Tenía una media sonrisa en los labios cuando recibió el golpe mortal que se llevó la verdad con él.

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